Borrador… xD


No sé cómo empezar pero, creo que una buena forma sería describir a quien me contó en un acto desesperado sus problemas del corazón. Le pondré el nombre de “Ariadna”.  Ariadna es una lora por excelencia. Le gusta conversar. Le encanta dar consejos. Es fácil verla escuchando los problemas de los demás, pero, es mucho más fácil escucharla hablar sin parar, como decía: “una lora por excelencia”. En su casa, Ari es diferente, en realidad era muy diferente porque antes renegaba demasiado. Recuerdo que cuando teníamos 5 años -qué memoria no?- Don Ichi nos  recogía del Jardín. Don Ichi es su papá. Y como nuestra casa quedaba cerca siempre nos regresábamos caminando.

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 De repente se preguntan quién soy yo, bueno somos como una persona, como algunos dicen “uña y mugre”. Amigas del alma. De arriba para abajo y de abajo para arriba, siempre juntas como siamesas. Siempre parábamos juntas, dormía en su casa, almorzaba en mi casa, me recogían de su casa y la recogían de mi casa.  

Y cada regresada siempre tenía que durar una hora y, en el peor de los casos dos horas, y es que a pesar de vivir a diez cuadras de nuestro jardín a esa hora teníamos la ruta: Jardín del Niño Jesús, Santa Isabel (ahora Plaza Vea), Parque Miguel Grau y finalmente nuestra casa. Era nuestra ruta. Nos divertíamos los tres contándonos nuestras anécdotas, nosotros le contábamos sobre los niños insolentes con los que nos tocaba lidiar y Don Ichi, los asuntos de los “grandes” (de esos tiempos), asuntos que los traducía en un lenguaje para niños. En el supermercado nos poníamos a jugar por los pasillos mientras que Don Ichi iba comprando nuestros antojos y alguna cosa que faltara en casa, pero, no todo porque sabía que el día siguiente  regresaríamos por la misma ruta. Y en el parque nos deleitábamos con tan solo ver los árboles en contraste con la luz amarilla, era realmente mágico y hermoso. Nos encantaba. Todo eso duraba normalmente como una hora, pero, cuando duraba más de una hora era porque Ariadna había tenido más de un antojo, y por más que su papá quería consentirla comprándole lo que pedía para que se tranquilizara y dejara de hacer sus escenitas sus repentinos antojos no paraban. Llegaba un momento (cuando todos estábamos callados) en el que ella pensaba que su silencio decía lo que quería, sin embargo, era lo contrario, nadie sabía qué quería ahora. Yo, acostumbrada a esas escenas, obviamente ya sabía qué seguía cada vez que pedía algo por segunda vez, no en vano parábamos juntas todo el tiempo. En esos momentos, inciada la hora explosiva de Ariadna,  ponía toda mi atención solamente en las estrellas,  las que iba contando de regreso a casa, así evitaba que su mal humor me afectara. Siempre fue así: muy engreída y caprichosa, pero, en contraste a eso, ella también era muy agradable, alegre, dulce, comprensible (sí, sobretodo cuando se le hablaba dulcemente) y sobre todo una “lora”, es por eso que seguía a su lado, me cae desde siempre súper bien. 

Ahora sigue igual de renegona pero, en menos grado…

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